Existe una posibilidad. La posibilidad de dejar a Múnich por un pueblo pequeño, que casi ni aparece en el mapa pero que me ofrece el empleo que la capital bávara no me ha ofrecido.
A su manera, siento que la vida me dice que algo se acaba. Mi contrato de arrendamiento finaliza en septiembre y mi maestría termina en octubre.
También siento algo de rencor. No entiendo por qué tuve que conocer la ciudad en su momento más aburrido y porque me divertí tan poco. No entiendo de qué sirvió sufrir tanto si al final no hay una ciudad dispuesta a abrazarte y decirte: «lo has hecho bien, aquí acaba la prueba».
Tengo emociones encontradas. No sé si seré feliz en un pueblo pequeño. Si conoceré hombres que me gusten. Si podré mantener mi privacidad al margen de los pueblerinos que a menudo aman el deporte del chisme y la soledad de la crítica. No sé si podré montar bicicleta, descubrir museos, escalar montañas. No sé a dónde va a parar todo esto y tengo tristeza. Aprendí a querer esta ciudad y ahora, elijo y debo dejarla.